La llegada de las vacaciones de invierno suele generar una doble sensación en los hogares: por un lado, el alivio de pausar la rutina escolar y, por el otro, la natural preocupación de los adultos por mantener a los niños y niñas «ocupados» dentro de casa. En una sociedad que tiende a sobre estimular y a estructurar cada minuto del día, tendemos a olvidar que el descanso verdadero de la infancia no requiere de agendas llenas, sino de algo mucho más simple y fundamental: tiempo para el ocio y espacio para el juego libre.
El ocio no debe ser visto como «tiempo perdido» o sinónimo de aburrimiento negativo; al contrario, en la primera infancia el ocio es el motor de la creatividad. Cuando un niño o niña experimenta momentos sin actividades impuestas, se ve impulsado a mirar a su alrededor, a explorar su entorno inmediato y a activar su imaginación. Es en esos instantes de aparente calma donde surgen las mejores ideas, donde un simple cajón se transforma en un barco o una manta en una fortaleza.
Para que este proceso ocurra, el juego debe ser el protagonista indiscutible de estas semanas. Debemos recordar que jugar es una actividad vital e imprescindible para el desarrollo físico, psíquico y social de los párvulos. No necesitamos juguetes sofisticados ni tecnologías que capturen su atención de forma pasiva; el juego más enriquecedor es aquel que reporta satisfacción por el solo hecho de realizarlo, permitiéndoles descargar emociones, reír y asimilar el mundo a su propio ritmo.
Como adultos y familias, nuestro rol en estas vacaciones no es el de directores de entretenimiento, sino el de facilitadores y compañeros de ruta. Para propiciar este ambiente de bienestar en el hogar, podemos considerar las siguientes acciones:
Dar espacio al juego libre y autónomo: Permitamos que los niños y niñas creen, organicen y pongan las reglas de sus propios juegos. Evitemos interferir o dirigir sus acciones; es mucho más valioso esperar a que sean ellos quienes nos inviten a participar, siguiendo su guía y sus indicaciones.
Rescatar lo simple y lo lúdico en el hogar: El invierno en casa es ideal para incorporar rutinas entretenidas y sencillas. Compartir juegos de mesa tradicionales, revivir dinámicas corporales como «el pillo» o las escondidas, cocinar juntos una receta simple, escuchar música, bailar o realizar manualidades con materiales reutilizables son excelentes formas de conectar desde el goce compartido.
Aprovechar los momentos al aire libre: Siempre que las condiciones climáticas lo permitan, busquemos espacios abiertos y naturales. El contacto con la naturaleza y el movimiento libre —correr, saltar, trepar o simplemente rodar— son fundamentales para que ejerciten su cuerpo y liberen tensiones acumuladas durante el primer semestre.
Fomentar la conversación y la escucha activa: El ritmo más pausado de las vacaciones nos regala el tiempo para conversar sin prisa. Escuchar sus ocurrencias, validar sus emociones y destacar sus pequeños logros cotidianos a través del refuerzo positivo fortalece profundamente su autoestima y seguridad emocional.
Las vacaciones de invierno son una invitación a bajar las revoluciones y a devolverle a la infancia su derecho a ser infancia. Aprovechemos estas semanas no para llenar cuadernos ni pantallas, sino para habitar el hogar de forma lúdica, resguardando el bienestar socioemocional de nuestros niños y niñas a través del maravilloso y necesario arte de jugar.
Por Sandra Castro Berna, académica de la Escuela de Educación Parvularia, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Católica del Maule.
